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7 Pecados Capitales en la Autoridad de los Padres

El castigo, el grito, la amenaza, el insulto, la humillación y el regaño injusto, se ocultan siempre bajo la falsa intención de corregir o “educar” a los hijos.

                                   
¿Por qué fracasamos al ejercer la autoridad?

Hay muchos motivos por los que los padres de familia podemos ver frustrados nuestros mejores anhelos respecto a nuestros hijos, pero como lo que necesitamos son respuestas prácticas que nos permitan ejercer una autoridad sana en beneficio de ellos, nos vamos a concretar a 7 modelos ineficaces y perjudiciales de las muchas conductas y actitudes equivocadas en que solemos caer, y que sin darnos cuenta, van minando nuestra autoridad frente a los hijos, hasta llegar incluso a situaciones en las que éstos recurren a la franca rebeldía o a la dolorosa decisión de abandonar el hogar en forma prematura.

                                                      
1. La imposición y autoritarismo

Los padres autoritarios buscan en el fondo dominar, imponerse. Les gusta sentir el placer de que ellos pueden más que sus hijos. Los mueven en su conducta, el poder y el prestigio, aunque este corresponda o no a lo que en realidad es. Bajo una apariencia de firmeza, ocultan una insana rigidez y bajo el disfraz de una fortaleza virtuosa, pretenden esconder una falta de razonamiento y argumentación, que muy pronto los hace ver ante sus hijos, como personas necias y despóticas.

Son perfeccionistas, no toleran fallas ni errores en los demás, a veces porque ellos mismos han logrado una notable superación personal y en otras ocasiones, porque quieren ahorrarles a los hijos sufrimientos por los que ellos han pasado, pero en cualquier caso, ese perfeccionismo los hace aparecer como lejanos o inalcanzables. Cuando un padre o una madre ejercen con frecuencia una autoridad impositiva, logran un control temporal sobre sus hijos, pero el resultado final siempre será uno de estos tres:

  • Hijos sumisos, sin personalidad, copia “al carbón”, pero sin mérito propio ni auténtica libertad moral.
  • Hijos rebeldes, que rechazan violentamente los valores y estilo de vida paterno.
  • Seres falsos que aparentemente se someten, pero hacen todo lo contrario a lo que la familia les impone, cuidando el no ser descubiertos.


2. La posesividad

Este pecado capital de la autoridad paterna, también ofrece cierta dificultad para identificarlo, sobre todo porque suele disfrazarse de “bondad” y “afecto”. Sin embargo, como su nombre lo indica, se caracteriza por la sensación o sentimiento de que los hijos son una especie de “propiedad privada”.

La autoridad posesiva agobia, “cosifica”, hace al otro sentirse tratado como cosa y no como persona, impide creer, provoca desvalimiento, limita o destruye la autoestima moral y emocional. Es un pecado capital de autoridad que casi siempre se comete en combinación con otro: la manipulación.
 

3. La manipulación

El ateísmo práctico e incluso el odio antirreligioso confeso de muchos jóvenes, tiene su origen psicológico en unos padres manipuladores. “Te va a castigar Dios” es una de tantas amenazas pronunciadas con la intención de convencer a un niño de que le conviene obedecer, no pelear con su hermano o no decir mentiras. Pero no sólo se manipula con una imagen torpe e irreverente de Dios, sino con cualquier otra actitud de chantaje o extorsión, ya sea moral, emocional o material.

La manipulación pretender manejar “con las manos” a otra persona. Se da cuando alguien está en situación ventajosa respecto a otro, ya sea porque sabe más, conoce más, es más fuerte, rico o poderoso. “Tiene la sartén por el mango”.

La sensación de “tener la sartén por el mango”, es uno de los placeres predilectos de los padres manipuladores, y cuando les quitan el “mango”, su desesperación y angustia los convierte en dictadores y los lleva a cometer otro de los pecados capitales de la autoridad: el atropello.

La manipulación emocional y afectiva es una de las más comunes: “Ya no te quiero porque no me obedeces”. Los padres manipuladores retiran el afecto al hijo cuando este falla, porque carecen de capacidad de amar, sólo saben “querer”, como los padres posesivos, y son capaces de actitudes muy cariñosas, melosas y afectuosas hacia el hijo-cosa, pero sólo cuando ése es un espejo en el cual están “amando” y acariciando su propia imagen reflejada en el otro.
 

4. La sobreprotección

Otro pecado capital de la autoridad, es el que fomenta el desvalimiento, la dependencia y la incapacidad del hijo, sobreprotegiéndolo y mimándolo en exceso. Se considera al hijo un “apéndice” del padre, y no una persona individual con sus propios retos, su propia vocación y su personal misión en esta vida.

La sobreprotección es uno de los pecados frecuentes de nuestro tiempo. Enseña muy pronto al hijo, como “salirse con la suya”, administrándole unas cuantas lágrimas al padre o amenazándolo con retirarle su cariño. Parece mentira, pero muchos padres son blandos, sobreprotegen o ceden ante el riesgo de que el hijo les niegue su afecto.

Sobreprotegemos cuando damos al hijo más ayuda de la que requiere, cuando les resolvemos problemas que él sólo podría resolver, cuando pensamos por él o decidimos en su lugar, cuando ridiculizamos sus ideas negándole su capacidad de reflexionar o cuando hacemos su tarea o sus obligaciones, con tal de no discutir o de no recibir de sus manos una mala calificación escolar. Cuando no lo dejamos correr riesgos razonables e incluso cometer equivocaciones para experimentar en cabeza propia. Si el hijo es pequeño, sus errores serán pequeños y tal vez aprenderá a evitarlos cuando esté más grande.
 

5. El atropello

Por muchas circunstancias, el pecado capital de la autoridad de los padres de familia actuales, suele ser el atropello, no conscientes, no voluntarios, no por desamor ni mala voluntad hacia el hijo, pero siempre de funestas consecuencias y con frecuencia, irremediables para el resto de la vida.

Atropellamos a alguien sujeto a nuestra autoridad, cuando vamos tan de prisa por la vida, que no captamos el mensaje oculto más allá de las palabras, cuando un hijo pasa por una etapa difícil de inseguridad o de presión, y sin darnos cuenta le negamos la comprensión, el apoyo y el aliento que necesita para seguir adelante.

Atropellamos cuando pretendemos “corregir” con palabras humillantes o insultos, cuando usamos una ironía que ridiculiza, cuando agredimos con la razón, haciendo sentir al hijo “tonto” o incapaz de pensar por sí mismo, cuando ignoramos sus logros, tal vez modestos pero suyos, cuando no participamos de sus triunfos, cuando descalificamos sus sentimientos por “infantiles” y cuando a alguno le ponemos etiquetas negativas por un error o conducta inadecuada.

Un hijo moral y emocionalmente atropellado en repetidas ocasiones por sus padres, seguramente podrá descubrir en algún momento, durante su adolescencia, que él no es “malo, tonto o un flojo”.
 

6. La incongruencia e inconsistencia

Este pecado capital tiene dos modalidades: la incongruencia, cuando exigimos a los demás lo que nosotros mismos no hacemos; y la inconsistencia, cuando los demás no saben a qué atenerse, porque nuestra exigencia o tolerancia depende de nuestro estado de ánimo.

Bajo un realismo moderado tenemos que aceptar, con honestidad, que la necesidad de no caer en la incongruencia, no implica la obligación -como padres- de ser absolutamente perfectos e infalibles, ni mucho menos la de aparentar santidad e imperfección. Lo que nos obliga como padres a no querer caer en la incongruencia, es un triple deber cotidiano:

  • Esforzarnos por predicar con el ejemplo antes y más que con las palabras, sabiendo que ser padres significa crecer junto con los hijos tratando de ser mejores cada día.
  • Evitar ofrecernos a nosotros mismos como ejemplo a seguir ni menos aún pretendernos perfectos ante nuestros hijos, ser ejemplo sin decirlo y mostrarnos en lucha constante por vencer nuestros defectos y superar nuestras fallas.
  • Reconocer oportuna y discretamente nuestros errores y defectos, pidiendo perdón y ofreciendo disculpas cuando proceda hacerlo, pero sin buscar pretextos ni justificaciones.
     

7. La indiferencia y permisividad

Cada vez que se es indiferente con los hijos, en el lenguaje subliminal (lo que no se dice pero se siente), él está pensando que no nos importa; si saca 0 o 10 para los padres es lo mismo, si llega tarde o no llega, si entra o si sale, a los padres les da igual, “no me importas”.

Y en cuanto a la permisividad, se supone que es lo más cómodo en el proceso educativo “para qué discuto con mis hijos, por qué sí o por qué no... mejor les doy permiso...”.Estos son los padres que no saben amar, que simplemente tienen hijos en sentido biológico y sin ningún plan ni dirección.

 

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